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Paisaje unisonante de mil tonalidades suavemente acordadas:

Pasado Ajofrín, antes de entrar en Sonseca, empieza la tierra llana. Claro, que decir llana es un acreditado tópico retórico, nada hay de auténtica planicie en estas altas mesetas manchegas. Labrandero y agrómano hasta el túetano, Ajofrín ha cedido a su vecina la hegemonía comercial. De Sonseca son las inteligencias más ágiles emprendedoras de toda la provincia. Un pueblo que ha inventado las célebres marquesitas y el auténtico mazapán lleva mucho adelantado para azucarar sólidamente los créditos y finanzas.

Pero hoy no podemos entrar en Sonseca, porque nos aguarda Orgaz, solar de viejos hidalgos, todos de linajudo abolengo. Pueblo lleno de prestigio para el artista, hace sonreír un poco socarronamente a los comarcanos. Mientras los de Orgaz cazan o toman el sol, como cumple a tan nobles caballeros, Mora y Sonseca, azadón en ristre – ventajas de no tener pergaminos-, se van metiendo en los fundos nobiliarios gracias a sus estupendos terruñeros, y hoy una oliva, mañana un pegujal, concluirán por anexionarse hasta los dólmenes emplazados a la vera del camino. Dólmenes que desharán para plantar viñas y acrecentar la uvada; porque Mora, como Sonseca, tal vez no tenga sentido histórico; pero económico sí lo tiene y muy desarrollado…

En Orgaz quedan restos de murallas y las ruinas del castillo donde vivió y miró aquel célebre conde de Orgaz, que sin el pincel de el Greco y los comentarios de Cossío, no pasara de ser el vulgar testador que deja un censo a la Iglesia en la forma propia de un puñado de escudos y unas cuantas gallinas. Quedan también retazos de perdidas grandezas: la Iglesia monumental, las traíllas de galgos, los portones blasonados, y sobre todo, los hidalgos sesteando en el casino, acodados en el prócer del sillón de cuero cordobés, el cigarrillo al desgaire, y los muy activos jugando en el tresillo. Orgaz es cabeza burocrática de partido, con gran disgusto de Mora, que en secreto, tal vez le envidia esta primacía, sin perjuicio de sentir un profundo desdén por sus vecinos. Algo parecido a lo que ocurre entre Barcelona y Madrid, a quien en pequeño se asemejan bastante ambos rivales. Si Mora por su actividad, su espíritu industrial y su fondo trabajador y ahorrativo, recuerda algo a Barcelona; Orgaz, con sus empleados, escribanos, abogados, señoritos y hasta un cogollo de aristocracia, podría ser el Madrid de la provincia. Un rico de Mora es craso, rechoncho, de moruna pelambrera y cachazudo parlar. Posee por término medio diez o doce mil olivos y un par de fábricas modernas de aceites y jabón. Un rico de Orgaz es alto, enjuto y grave como el caballero de la mano al pecho. Tiene unas piernas de zancuda, unas barbas heroicas, los mejores perros del contorno, una escopeta algo vieja, pero que no cambiaría por nada, y un escudo en su portón. En el casino moracho se habla de cotizaciones, de ventas, de escrituras ó hipotecas. En el casino de Orgaz no se oye hablar más que de cacerías, de liebres, de perdices, de jabalíes. Y alguna vez, de Dulcineas…

Y así está el problema espiritual. Orgaz, pese a su categoría administrativa, no puede-quizá no lo pretenda tampoco- dominar a Mora, como el mosquito no puede comerse al águila. Mora por su parte, aunque sí lo pretende, no acaba tampoco de devorar a su presa; siente un vago respeto hacia el gesto señorial, vago e inútil, del histórico Orgaz. Es un problema de ajedrez humano, en donde todas las partidas rematan en tablas, avanzan siempre los peones de Mora, más no llegan nunca a comerse a la torre del cazador. Es cierto que el rico Camacho puede acabar con los últimos terrones de nuestro señor Don Quijote; pero no lo es menos que el Quijote orgaceño le amarga sus bodas a la industriosa y rica villa mientras conserve la fuerza de su lanzón curialesco y burocrático. Acaso el pleito tenga feliz solución en la descendencia amalgamada, y todos saldrán ganando. La grasa económica de Mora se afinará, transformándose en cenceña. El último hidalgo limpiará sus pergaminos de la roña usuaria de las hipotecas. Y hasta puede que se salve de alma y cuerpo relegando el rosario y cogiendo el azadón, pues, según leímos en cierto documento del siglo XVII, unos frailes pleiteantes afirman que al que tiene un trozo de tierra le pertenece por derecho su correspondiente trozo de cielo….

Dejamos Orgaz al atardecer. La tierra se empina en plano levemente inclinado a ganar la estribación casi perpendicular del puerto de Yébenes. Desde el monte se ve toda la llanura, amortajada en la sábana infecunda de los barbechos, como un cuerpo demasiado exprimido por el trabajo que sólo aspira a dormir eternamente. Sangra el paisaje entre los desgarrones del sol que se pone y la trama entretejida de los senderos y atajos es una red de venas blancas que se van anulando sobre las livideces de la piel. A los costados, lejanos, se amoratan los Montes de Toledo, erizados de rañas azules en la cumbre, manchados de laderas por pequeños corros blancos; son los pueblos. Polán, el de la noble estirpe; Cobisa y Noez, terruñeros de raza; Mora con su castillo avizorante; Orgaz, cuna de hijosdalgos; Sonseca, Mazarambroz y; por último, Ajofrín, el que cobijó a Manrique, poeta bien castellano. No; la llanura no es monótona tiene sus arrugas, sus quiebras graciosas y sus cuadrículas rojas que al sol zurcen de olivos acerados los desgarrones de los barbechos. Paisaje unisonante de mil tonalidades suavemente acordadas, inaccesibles al pintor por las dificultades de entonar una tierra carente de contrastes. Acaso Cristóbal Ruiz acertara a proyectar sobre un lienzo el ritmo sereno de la llanura con el mágico resplandor de sus colores sencillos que resbalan desde el amarillo al gris.

A nuestra espalda hay dos molinos de viento jubilados y maltrechos.

“Tarde cercana al crepúsculo. Del caserío viene olor a campesino a migas y torreznos. Tañen campanas, más cerca, más lejos. Nada se echa dem menos en la clásica llanada manchega. Hemos visto caminos polvorientos, rucios famélicos, hidalgos amojamados, mesoneros socarrones. Aldonzas chatas, frailes lucios, galeotes disfrazados. Ni un árbol, ni una fontana. La tierra plana está igual que en los tiempos de Quijano; sólo falta el Caballero…




BIBLIOGRAFÍA:
(Félix Urabayen, Plegaria de la tierra llana). Estampas del Camino p 119-128

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